LA RESILIENCIA: ¿Qué tan adaptativo eres?

Hablar de resiliencia es tan viejo mismo como la humanidad, según Uriarte J, (2005) Los historiadores han ejemplificado la misma al describir las formas en que las personas y los pueblos se enfrentan a las adversidades y progresan. La literatura también nos aporta incontables muestras de resiliencia en personajes que han vivido situaciones difíciles de superar, en palabras del autor “en la desgracia” pero finalmente han superado su situación: “El patito feo”, “Pulgarcito”, “Cenicienta”, “Oliver Twist”, etc.

 “Yo he visto crecer en los chicos una fuerza interior cuyo alcance sobrepasaba con mucho mis expectativas, y cuyas manifestaciones me llenaron de sorpresa así como también me emocionaron” (citado en Vanistendael y Lecomte, 2002, pág. 19).

Es con lo anterior, que podemos describir la resiliencia como la capacidad de sobreponerse ante la adversidad, entendiendo sobreponerse como el lograr continuar con lo que demanda la vida, ya sea, trabajar, estudiar y cumplir con éxito diversos roles que la persona resiliente tenga.

Uriarte J, (2005) comenta que la “capacidad de ajuste personal y social a pesar de vivir en un contexto desfavorable y de haber tenido experiencias traumáticas es lo que define a la personalidad resiliente”. El ajuste del que habla, da cuenta de las herramientas físico – socio y psicoafectivas que una persona posee para resistir situaciones adversas, recuperar el control sobre el curso de la propia vida, ser optimista y tener una visión positiva de las situaciones.

La resiliencia nos invita a no etiquetar a ninguna persona, pues en muchas ocasiones victimizamos aquel que ha sido vulnerado de alguna forma, por ejemplo, a quién ha sufrido de maltrato, abuso u otras circunstancias, sin embargo muchas personas con experiencias consideradas como “traumáticas” se reponen mucho más fácil que otras cuyas experiencias son consideradas como “superfluas”, por ejemplo: terminar con su pareja, la pérdida de un trabajo, la pérdida de una prenda de vestir, etc. Para comprender mejor éste párrafo leamos por favor el caso de Carmen, publicado en La Vanguardia:

En estos tiempos atípicos, de incertidumbre y en los que nos han invadido y nos invaden pensamientos negativos, muchas personas se han encontrado con la cara positiva de la situación.

El estado de alarma se declaró en España el día 14 de marzo. Nadie se imaginaba ese día que quedaban por delante más de 50 jornadas encerrados, en los que hacer… ¿qué, exactamente?

Hemos escuchado, visto y leído que el confinamiento tan solo ha hecho que quitarnos tiempo, momentos y vida, pero no es así para todo el mundo. ¿Cuántos de nosotros hemos podido recuperar parte de lo que éramos? ¿De lo que teníamos? ¿Cuántos hemos encontrado tiempo en esta pausa impuesta?

Carmen es una mujer de 57 años. Hace justo un año, tras una batalla contra el cáncer que duró cuatro años, perdió a su marido

Los últimos meses se convirtieron en un confinamiento. Esta vez, claro, no impuesto por el Estado, sino por la propia situación familiar. En su hogar tampoco se respiraba libertad, pero, sobre todo, el tiempo libre no existía.

Preparar medicamentos a todas las horas posibles del día. Alarmas que sonaban sin cesar para que no se olvidase ninguna toma. Calendarios con todas las fechas marcadas: visitas a hospitales, revisiones médicas y recogidas de informes. Cuidados intensivos en casa, visitas de familiares, llamadas a todas horas. Noches sin dormir, de desesperación, de buscar una solución que no llegaba, ni llegó. Y, sobre todo, poco, muy poco tiempo libre para sí misma.

El recuerdo de su marido está presente cada día, en cada acción y en cada momento. A lo largo de los días que ha durado el confinamiento exhaustivo se han escuchado en televisión cientos de veces las palabras “personas de riesgo”.

En casa de Carmen, esas palabras sonaban a “si hubiese estado aquí él, qué difícil hubiera sido…” La última noche del 2019 se respiraba tristeza, por dejar de lado un año que había acarreado la peor de las pérdidas. Pero se respiraba esperanza, por pensar que el 2020 no podría traer ya nada peor.

El coronavirus ha traído momentos, sobre todo, de reencontrarse. Y más que nunca Carmen ha tenido el tiempo de hacerlo. De encontrarse, de recuperar todo aquello que hace tiempo tenía abandonado, todo aquello que la vida en algún momento le había arrebatado. Nunca pensó que una pandemia sería la que le regalaría tiempo para dedicarse a sí misma.

Durante estos días todo el mundo ha hecho lo mismo, pero no todo el mundo lo ha podido disfrutar de la misma manera, ni lo ha sentido igual.

Para algunos, tener el tiempo de devorar un libro en un par de días, de poder pintar mientras suena su canción favorita de fondo, de dedicar una tarde entera a hacer todas las recetas habidas y por haber, o de sacar del armario esa ropa del gimnasio que lleva años guardada, no tiene valor.

Otros, como Carmen, encuentran en esos detalles la esencia de la vida que se nos ha permitido vivir en estos días. Ahora, una videollamada con sus seres queridos le sabe a gloria. A ráfaga de aire fresco. Se siente tan reconfortante como el primer día de playa del verano, como el agua de la orilla rozando los pies. Muchos abrazos virtuales, muchos besos, que a pesar de evidenciar que estamos lejos, se sienten más cerca que nunca.

El desánimo, la tristeza o los momentos de ansiedad también están presentes. Que se encuentre el lado positivo no quiere decir que no se sea consciente de la situación, y de todo lo que esto implica. Por desgracia, Carmen sabe muy bien el significado del refrán “disfruta de lo bueno, que lo malo viene solo”. Ahora, es momento de eso. De buscar lo bueno en las peores situaciones. De encontrarle el positivismo a cada uno de esos momentos que quizá alguno de nosotros ya tenía antes, pero no lo disfrutaba igual.

Se dice que la resiliencia es la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a las situaciones adversas. Probablemente esta sea una de las pocas “situaciones adversas” que nos haya tocado vivir como sociedad.

Esto nos demuestra que incluso en los peores momentos, aparece esta cualidad innata en todos los humanos. Yace la facultad de crecer y sobreponerse, ayudándonos así a cada uno de nosotros a recuperarnos de forma positiva.

Victor Frankl, neurólogo, psiquiatra y filosofo austriaco dijo “cuando ya no tenemos posibilidad de cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”. Ahí está nuestro poder: la adaptación al cambio.

La resiliencia nos permite entender, que cómo personas y sociedad, no estamos destinados a vivir las consecuencias de una calamidad, sino que aún podemos mantener el control y así cómo Carmen sí tomamos la determinación de cambiar lo que debamos para encontrar la(s) salida(s), podemos abrir las paredes que en algún momento nos limitaron, es decir: el mundo de posibilidades se nos amplía.

Aún muchos expertos en psicología, psiquiatría y otras ciencias humanas y sociales, reconocen la resiliencia como la capacidad del ser humano para resistir y superar las adversidades y para construirse con integridad, a pesar de haber sufrido experiencias traumáticas, así como cuentan de Carmen en el texto citado.

Miremos por favor el siguiente video:

Éste fragmento de la película “en busca de la felicidad” – y yo diría que toda la película – nos muestra con claridad la búsqueda inminente del protagonista por mejorar las condiciones de vida personales y de su hijo, así tengan hambre, frio, no tengan un lugar seguro donde quedarse, entre otras cosas.

La psicología humanista define en nosotros una “fuerza” que le lleva hacia la autorrealización (Maslow, 1983), de un proceso interno, que muchos llamaran actitud positiva, que favorece la salud y la normalidad, que nos invita a crecer y mejorar, aún en momentos de crisis (Chiland, 1982, Radke-Yarrow y Sherman, 1990), citado por Uriarte J, (2005).

Esa FUERZA interna de la que hablan los autores mencionados, es la resiliencia.

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